No somos la historia que nos contamos.

KO, fulminado… mi relato mental…

El día 6 de enero desperté en la sala de recuperación donde supervisan a los pacientes después de la intervención quirúrgica. No sabría describir bien o explicar con claridad lo que ocurrió cuando desperté tras la operación. Hay momentos que no se pueden expresar con la razón porque se salen de ella. Sin duda es una mezcla impactante. Son instantes de mucha intensidad pero también muy emotivos.

Mi primer recuerdo comienza ahí, en esa sala de recuperación. Despertaba como de un sueño. Apenas podía abrir los ojos, la luz que inundaba la habitación me molestaba así que permanecí con los ojos entrecerrados. Quería avisar a la enfermera, pero no veía la forma hacerlo. Estaba totalmente inmovilizada, solo tenía liberado uno de los brazos y apenas podía pronunciar una palabra.

Decidí permanecer en silencio mientras esperaba la presencia de alguna enfermera. Estaba muy calmada. Era plenamente consciente de que había perdido la movilidad en mis piernas pero la aceptación en el instante de despertar ya me venía dada, sin esfuerzo. Asumía mi nueva realidad con total respeto. Recuerdo que, a pesar de la intensidad de sentirme inmóvil e incomunicada, me recubría una enorme calidez que se impregnaba a todo mi alrededor. Mi mente permanecía en quietud, sin juicios ante lo ocurrido o a la situación presente. Reinaba el silencio y una paz muy acogedora. Al principio, pensé que quizás era en parte por el efecto de la anestesia que aún recorría mi cuerpo o incluso por la medicación que entendía que me suministraban para paliar el dolor. Pero no sentía confusión. Recuerdo instantes con mucha claridad, muy lúcida, con un discernimiento muy sereno. Observando ahora ese instante, con más detenimiento y retrospectiva, puedo darme cuenta de lo que ocurrió aquel día. En realidad es muy simple: el accidente había fulminado mi relato mental. Sin más.

Ante un hecho de tal calibre, el ego, o la historia de nosotros mismos que nos hemos contado y elaborado durante toda la vida, lo que pienso que soy, el relato, se desvanece de un plumazo. Se queda KO y es lógico. Todos los miedos, los deseos y necesidades, las metas o preferencias que tenía hasta ese momento, tareas que se encarga el ego de gestionar, cambian al instante. Ya no son válidas. El trabajo, las perspectivas de crear familia, el alquiler, el dinero, mis miedos… todo pasa a otro lugar en las prioridades. Esas historias ya no sirven para manejar el presente y a falta de tiempo para elaborar otra que sostenga lo ocurrido es el Ser o el Yo profundo el que toma las riendas. El pasado deja de tener sentido por su incapacidad de dar respuesta y el futuro es tan incierto que queda inaccesible. Solo hay acceso al instante presente. En crudo. En toda su simpleza y su grandeza.

Y allí permanecí esos primeros instantes del despertar.

Ahora me cuestiono si esto a lo que hemos denominado el despertar de la conciencia es una expresión del todo acertada después de lo vivido aquel día. Realmente no despertamos a nada, ni hay nadie que necesite ser despertado. Lo que realmente somos, nunca ha estado dormido. Si acaso opacado, velado o desenfocado por el ego y la percepción.

Desde ese día, no veo a nadie que esté dormido a mi alrededor. Todo el mundo está bien despierto, quizás lo único que pasa es que se creen dormidos. No hay nada que alcanzar ahí fuera pues aquello que verdaderamente somos ya esta siendo dentro, en nosotros. Ahora. Justo detrás de nuestra historia contada, de nuestro relato.

El día 6 de enero hay una Blanca que, sin duda, se desvanece, pero hay algo nuevo que emerge en ella para quedarse. Ese día marca la historia de un movimiento iniciático, es el día en el que me reencuentro conmigo misma, con lo esencial de mí. Es en ese momento cuando me hago consciente de que se me está dando la oportunidad de disfrutar del lujo de volver a ser una niña que aprende, de manera consciente, a caminar de nuevo por la vida. Eso sí, ahora, sobre ruedas.

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Historia de una segunda oportunidad.